Los gatos naranjas tienen fama de tener “una sola neurona”, pero el de Chapultepec parece ser un genio criminal. Durante los últimos cuatro meses, este felino ha convertido el recinto del tigre de Bengala en su buffet privado. Con un peso de solo cuatro kilos, se enfrenta a un depredador de trescientos kilos con la mayor de las confianzas, robándole la carne cruda justo en su cara (o más bien, a sus espaldas).
Aparece de la nada, sin que nadie sepa por dónde se cuela entre las rejas de alta seguridad. Su estrategia es infalible: espera a que el tigre termine su primera parte de la comida y se entregue a la siesta. En ese momento, el gato naranja salta al escenario y se sirve de la charola de carne, comiendo con una tranquilidad que ha dejado en shock a los cuidadores que vigilan las cámaras de seguridad.
La primera reacción del tigre fue de una confusión absoluta. Los expertos dicen que nunca lo habían visto tan desconcertado, como si no pudiera entender por qué ese ser minúsculo no huía despavorido ante su presencia. El tigre simplemente lo mira con incredulidad, quizás respetando el valor suicida de su pequeño pariente lejano que se pasea por su dormitorio como si fuera el rey del bosque. El equipo del zoológico ha intentado de todo para atraparlo, pero el gato siempre gana. Las trampas con atún son solo un bocadillo para él antes de ir por la carne real, y las rejas reforzadas parecen ser simples juegos de obstáculos. El naranja sigue invicto y el tigre ya ni se molesta en protestar; ha aceptado que el gato naranja es el nuevo socio del recinto en una historia de audacia que ya es leyenda.
