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Llegar a una final de Grand Slam con la etiqueta de máximo favorito suele convertirse en una doble presión, y para Alexander Zverev ese fue el rival más complicado a vencer en París. Ante las notables ausencias de los grandes referentes del circuito, el número 3 del mundo cargó desde los primeros días del torneo con la obligación histórica de coronarse, un fantasma que por momentos pareció nublar su juego en el duelo definitivo.

En palabras de la Agencia EFE, la edición de este año estuvo marcada por la baja por lesión del español Carlos Alcaraz, ganador de las dos ediciones anteriores, así como por las eliminaciones tempranas del número 1 del mundo, Jannik Sinner, y del serbio Novak Djokovic. Esta combinación de factores vistió a Zverev con el traje de candidato obligatorio al título, intensificando las dudas debido a sus tres finales previas perdidas.

A lo largo de las cuatro horas y 16 minutos que duró el encuentro frente a Flavio Cobelli, la tensión mental fue evidente en el lenguaje corporal del de Hamburgo. Hubo lapsos en el segundo y cuarto set donde los nervios amenazaron con atraparlo nuevamente; sin embargo, su madurez a los 29 años le permitió quitarse de encima los fantasmas del pasado para arrollar con un contundente 6-1 en el set final.

Con este campeonato, Zverev no solo limpia su historial en las citas importantes, sino que se posiciona en un escalón superior dentro de la historia del tenis de su país. Vencer la presión interna le otorgó la copa más importante de su trayectoria y le demostró a sí mismo que cuenta con las herramientas necesarias para dominar los torneos de cinco sets cuando las principales figuras del circuito no están en el camino.